Por Javier Ezequiel Del Ponte.
Psicoanalista – Matrícula 7817. Tel.: 341 3664491

En este texto intentaré abordar una serie de preguntas y de cuestionamientos que son dirigidos habitualmente al psicoanálisis, de modo tal que, quienes no participan como actores de la disciplina psicoanalítica, puedan conocer de qué se trata nuestra práctica. Es, ante todo, una manera de acercarles el psicoanálisis a ustedes.

Uno de los cuestionamientos más presentes y que genera la mayoría de las veces una gran molestia de parte del paciente es el siguiente: “el analista no te habla, no te dice nada, no te responde…”

Claro que resulta exagerado decir que un analista no te habla, pero ciertamente guardamos silencio ante determinados enunciados del paciente, que por lo general son preguntas y tienden a buscar en el analista una respuesta; respuesta a su sufrimiento, a modo de hacerlo desaparecer, que le confirmemos una elección o que apoyemos sus proyectos. Aquí es donde el psicoanálisis marca una gran diferencia respecto de cualquier otra práctica, incluso no-psicológica. ¿Quién sabe más de su sufrimiento sino el mismo paciente? Claramente, al saber sobre lo que sufre entonces quien debería hablar de eso es él mismo: desplegar su sufrir en un mar de palabras.

De aquí surge otra querella que se desliza directamente de lo anterior: ¿Pero si no me va a solucionar mi problema, para qué voy? Esto es más sencillo de abordar por aquí que en el trabajo con nuestros propios pacientes (que, de ahora en más, y con razón teórico-práctica, llamaremos analizante). Ninguna posición sufriente (que en psicoanálisis llamamos síntoma) es igual en uno u otro sujeto, ni siquiera cuando en apariencias están detenidos en el mismo lugar. Por ejemplo: “los celos me matan” decía un analizante, algo que parece ser por demás de común y repetirse en muchos otros, pero cuando cada uno empieza a desplegar enunciativamente (ponerle cada vez más palabras a lo que le ocurre) las diferencias se hacen cada vez más palpables. No hay dos síntomas iguales, no hay dos sujetos que sufran de la misma manera y por el mismo motivo. De ahí que no existen soluciones universales, y muchos menos rápidas, al sufrimiento del sujeto.

El psicoanálisis, en este aspecto, sería un arte en la práctica de la palabra que permite a cada sujeto inventar su “cura”. Ahora bien, ¿entendemos por cura dejar de sufrir? No. La vida es en sí malestar, no obstante, el posicionamiento ante el malestar podría permitirnos sufrir menos. El eros es lo que acude en este aspecto, porque ni joven ni viejo, insiste a pesar de los años. Recuperar esa dimensión del deseo es lo que puede hacer devenir en la vida un goce inédito, al que nunca es tarde abordar.

Justamente por lo que acabamos de decir una de las preguntas fundamentales de las que no existe una respuesta, y por eso el analista calla, es la de qué hacer ante el sufrimiento. Y callamos no solo porque no hay una respuesta para dar (como planteé antes) sino porque el sujeto, en esa pregunta, esconde algo más: no quiere hacerse responsable de sus decisiones y de los costos o pérdidas que aquellas conllevan, de modo tal que nos compelen a responderles para no ser responsable de sus actos, para que el analista corra con eso. Precisamente, uno de los movimientos más importantes de un análisis ocurre cuando el analizante comienza a permitirse perder, eso da la pauta de que ha tomado decisiones, que ha elegido y ha cargado con las pérdidas de su decisión. A esto lo llamo la dimensión trágica del síntoma, es decir: querer y no poder; poder y no querer. La inhibición ante el cruce de caminos.

Por último, y creo que ya a esta altura ustedes como lectores podrán anticipar o comprender con antelación lo que voy a esgrimir a favor del psicoanálisis. Se dice, de modo peyorativo, que quien vaya al analista va a perder el tiempo. ¡Por supuesto! ¡Al análisis se va a perder, al menos, el tiempo! ¿Qué quiero decir? Que es una de las formas en la que hacemos jugar una gran verdad: siempre estamos perdiendo, aunque parados en el cruce de caminos y sin elegir uno, creamos que no perdemos nada.

Vaya a perder un poco de tiempo, salga del vértigo de un mundo que corre detrás del reloj con la consigna “El tiempo es dinero”. Acaso, ¿el tiempo no puede ser un pequeño desperdicio?

 

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