Por Oscar Colla. Arquitecto.

 

Parafraseando a Bersuit:

”Mi casa era un abrazo con aromas

afuera el mar oleaba en adoquines

por suerte había chapas que en la siesta

hacía que llover no fuera triste”

 

Estas palabras nos recuerdan la casa de principios de siglo XX en la Argentina, cuando surgieron los barrios periféricos a las grandes ciudades portuarias, que albergaban a los inmigrantes, quienes llegaban cargados de costumbres distintas según sus procedencias.

En 1871 la población de Buenos Aires sufrió una epidemia de fiebre amarilla que provocó el éxodo de familias adineradas del centro de la ciudad, hacia el Norte de la misma.

Las casas que dejaban tenían patio central rodeado de galerías, las cuales daban sombra y protección de lluvias a las habitaciones que se abrían a las mismas. Este tipo de casas patio, casas romanas o claustros, fueron divididas al medio y ocupadas por distintas familias de inmigrantes, dando origen a la casa chorizo, llamada así por tener sus habitaciones alineadas y a lo largo de una galería, conectadas entre sí por puertas internas. Los días de invierno, se pasaba de una habitación a la otra, a través de estas puertas. En verano, se vinculaban las habitaciones mediante la galería, aprovechando la sombra para ventilación y esparcimiento.

Así la casa fue cambiando de acuerdo a sus distintos moradores; se podría decir que como las plantas, fue creciendo a medida que  aumentaba la familia.

La cantidad de habitaciones se multiplicaron y empezaron a ocuparse espacios posibles. El primer espacio fue el que se había dejado delante de la casa, esos 4 metros de retiro que se reservaron para construir una oficina o consultorio, cuando el mayor de la familia terminara la universidad , y que materializaría el sueño del inmigrante de tener un hijo profesional.

Luego, si el techo era losa de hormigón, se construiría sobre la misma dando lugar a nuevas y repetidas habitaciones, que albergaría a los yernos, nueras, nietos, abuelos y demás parientes que fueran alargando la cadena familiar.

Como la vida misma, la casa vive en base a la trayectoria familiar, creciendo o decreciendo según sea la suerte del núcleo que la habite.

Los tiempos pasan y las modas cambian, los espacios se agrandan, toman nuevas definiciones y usos. Un ejemplo son los dormitorios donde antes solo se iba a dormir, hoy se convirtieron en escritorio para estudio de los chicos, sala de cine y hasta en comedores, cuando los hijos invitan a sus amigos a estudiar y pasar la noche.

También las cocinas pasaron de ser grandes, con fogones a leña y mesa central de madera, a pequeñas y oscuras, para luego volver a ser grandes con muebles de granito y ventanales acristalados al jardín.

Pero esas cocinas cálidas, con muros en ladrillos de barro cocido de 30 cm y pisos de madera, pasaron a ser frías en invierno a causa de las grandes ventanas, y tuvieron que ser calefaccionadas durante las estaciones frías y refrigeradas en verano.

Las ventanas y puertas altas con banderolas batientes, permitían la ventilación natural; hoy los aires acondicionados adornan los muros de casas y edificios en altura, causando acné en la piel de las fachadas.

La casa sufre enfermedades, igual que sus moradores, el deterioro y la falta de tratamiento, acortan su duración, además de dañar la salud de sus dueños.

Muchas soluciones hay para determinados problemas, además de nuevos materiales, texturas y colores. Hoy el mercado de la construcción nos brinda un interminable catálogo de posibilidades para arreglar los distintos problemas que se presentan en nuestros hogares, como también para la construcción de nuevas viviendas.

Debemos cuidar nuestro hogar, entendiendo como hogar a nuestra familia y a nuestra casa.

Como dicen los Griegos: mente sana en cuerpo sano, podríamos agregar…cuerpo sano en casa sana!!

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