Por Raistlin Majere

La miró profundamente.
Sabía que aquello no significaba nada. Estaba convencido. No debía ser nada. Sin embargo era todo.
Las leyes del tiempo se deshicieron ante su semblante, a la vez tierno y apasionado.
Tuvo miedo de arruinarlo todo, las aventuras debían de ser efímeras y superficiales, al menos eso le habían enseñado, aunque un segundo de aquellos ojos posados sobre los suyos se pareció a la eternidad.
La tibieza de esos rojos labios lo transportó a un lugar mágico, en que no existían las definiciones. De pronto su mundo era amplio. De pronto su mundo no juzgaba. Al fin su mundo sentía.
Sus cuerpos se entrelazaron, tímidos al comienzo y salvajes luego. Pero él sabía que la piel era una excusa, una mera distracción.
Sintió que el idioma no albergaba una palabra que describiera aquella conexión. Sintió que la pasión era el pretexto que esgrimían para compartir.
Tuvo miedo de arruinarlo todo. La palabra que buscaba no era amor, pero las sensaciones eran tan parecidas…
A veces hasta los más inteligentes se quedan sin palabras. Entonces decidió callar, aunque su rostro y su cuerpo decían lo que la voz no podía.
La hoguera se había apagado. El dulce perfume había decidido partir de su almohada pero su recuerdo persistía.
Sabía que aquello no significaba nada. Estaba convencido.

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