El Vacío

por Raistlin Majere

 

Hay un vacío enorme. Sí, está dentro de mí. Es uno que tal vez haya dejado una ausencia. Es uno que dejó una mala presencia. Es uno que alguien intentó llenar con más vacío, tal vez con el suyo propio. Es uno que alguien intentó llenar de bien y no lo dejé.

Sea como sea existe y es tal la contradicción que ese vacío terminó por llenar mi vida. Es tan tangible que llegué a protegerlo. Es tan importante que llegué a celarlo. Es tan precioso que puse un cristal de anestesia sobre él.

Hasta que un día llegaron sus ojos e hicieron una pequeña grieta que no tardó en acentuar esa media sonrisa. Su distancia e indecisión lograron un crack. La intermitencia entre cercanía y lejanía socavaron la estructura entera. Su abrazo terminó por hacer añicos ese cristal que lo protegía.

Y allí estaba mi vacío, solo, desprotegido, vacío. Y gritó fuerte y desgarradoramente. Acudieron a él sus más poderosos custodios: la inseguridad, el miedo y la cobardía. Y comenzó la descarnada lucha.

Una mirada intensa acabó rápidamente con la inseguridad.

El miedo murió rápidamente cuando la esperanza, que furtiva atacó por la retaguardia, clavó en él el puñal de la ilusión.

La cobardía, al ver que sus compañeros caían, huyó. Pero antes hirió de muerte a la palabra, la más fuerte de mis aliadas, y pobrecita ella hizo lo que pudo. Agonizando, hizo un pobre y titubeante papel, pero logró su cometido.

Así que allí quedó mi vacío sin nadie que lo defendiera, con la sola compañía de la esperanza, que era la única que había quedado en pié. Ella trató de razonar con el vacío, pero sus palabras no pudieron convencerlo, así que rápidamente se puso a construir otro cristal que lo protegiera. La esperanza no lo ayudó, claro está, pero tampoco lo detuvo. Solo se limitó a decir “ojalá que ella venga antes que termines”.

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